La Reina.—Cuéntame la historia. ¿Dónde encontraste á ese hombre por primera vez?
Juana.—La primera vez en... pero ¿á qué decirlo? Una desgraciada hija del pueblo, pobre y vanidosa, loca y coqueta, enamorada de los adornos, y que se deslumbra ante el gallardo aspecto de un gran señor, nada tiene de particular. Me han seducido y deshonrado, y estoy perdida; nada tengo que añadir á esto. ¡Dios mío! ¿no veis cuánto me aflige cada palabra que digo, señora?
La Reina.—Está bien.
Juana.—¡Oh! ya sé cuán terrible es vuestra cólera, señora; mi cabeza se dobla de antemano bajo el castigo que me preparáis.
La Reina.—¡Yo castigarte! ¿Piensas que me ocupo de ti, loca? ¿Quién eres tú, infeliz criatura, para que me importen tus cosas? No; yo sólo tengo que ver con Fabiano. En cuanto á ti, otro se encargará de castigarte.
Juana.—¡Pues bien! señora, cualquiera que sea el castigo y la persona encargada de él, todo lo sufriré sin quejarme, y hasta os daré gracias si atendéis á la súplica que voy á dirigiros. Hay un hombre que me recogió huérfana en la cuna, y me adoptó y educó, amándome después, y que aún me ama; bien indigna soy de ese hombre, á quien he faltado gravemente, y cuya imagen, sin embargo, grabada en el fondo de mi corazón, es para mí tan sagrada como la de Dios; ese hombre, que sin duda habrá encontrado su casa desierta y abandonada, no se explica lo que ocurre, y tal vez se halle entregado á la desesperación. ¡Pues bien! lo que yo pido á Vuestra Majestad es que no se le dé á entender nada, y que se me haga desaparecer, sin que sepa jamás lo que de mí ha sido. Ignoro si se me comprenderá bien; pero seguramente no se os oculta que ese hombre es un amigo, un noble y generoso amigo... ¡pobre Gilberto!... que me ama y me cree pura. No quiero que me odie y me desprecie... Ya conoceréis, señora, que la estimación de ese hombre es para mí más que la vida. Mi falta le causará un profundo pesar, y tanta será su sorpresa, que tal vez no dé crédito á sus oídos. ¡Pobre Gilberto! ¡Oh señora, compadeceos de mí! ¡En nombre del cielo, que no sepa nada de esto; que no sepa que soy culpable, pues se mataría, y moriría si averiguase que ya no existo!
La Reina.—El hombre de quien habláis os escucha en este momento, os juzga, y os castigará.
(Aparece Gilberto.)
Juana.—¡Cielos, Gilberto!
Gilberto (á la Reina).—Mi vida es vuestra, señora.