La Reina.—Bien. ¿Tenéis que imponer algunas condiciones?
Gilberto.—Sí, señora.
La Reina.—¿Cuáles? Os damos nuestra palabra de reina de aceptarlas de antemano.
Gilberto.—El caso es muy sencillo, señora. Se trata de una deuda de agradecimiento contraída con un caballero de vuestra corte que me ha hecho trabajar mucho en mi oficio de cincelador.
La Reina.—Hablad.
Gilberto.—Ese caballero mantiene relaciones secretas con una mujer con quien no puede unirse, porque ella pertenece á una familia desterrada; esta mujer, que ha vivido oculta hasta ahora, es hija única y heredera del último lord Talbot, decapitado en tiempo de Enrique VIII.
La Reina.—¡Cómo! ¿Estás seguro de lo que dices? ¿Será cierto que el buen lord católico, el leal defensor de mi madre, dejó una hija? Si esto es verdad, juro por mi corona que esa niña es mía; y lo que Juan Talbot hizo por la madre de María de Inglaterra, ésta lo hará por la hija de Juan Talbot.
Gilberto.—Entonces, será sin duda una dicha para Vuestra Majestad devolver á la hija de lord Talbot los bienes de su difunto padre...
La Reina.—Seguramente que sí, y para esto obligaré á Fabiano á renunciar á ellos; pero ¿hay pruebas de que esa heredera exista?
Gilberto.—Las tenemos.