La Reina.—Y si no tuviéramos pruebas, las haríamos. No en balde soy reina.

Gilberto.—Vuestra Majestad devolverá á la hija de lord Talbot los bienes, los títulos, la jerarquía, el nombre y el blasón de su padre; la eximirá de toda proscripción y asegurará su vida; y por último, Vuestra Majestad la unirá con ese caballero, único hombre á quien debe dar su mano. Mediante estas condiciones, señora, podréis disponer de mí, de mi libertad y de mi vida como mejor os plazca.

La Reina.—Bien; haré lo que acabas de decir.

Gilberto.—La reina de Inglaterra debe jurarlo, á mí, Gilberto, el obrero cincelador, por su corona y por el Evangelio abierto.

La Reina.—¡Por mi corona y por el Evangelio lo juro!

Gilberto.—Pacto concluído, señora. Haced preparar una tumba para mí y un lecho nupcial para los esposos. El caballero de quien hablo es Fabiani, conde de Clanbrassil; y aquí tenéis á la heredera de Talbot.

Juana.—¿Qué dice?

La Reina.—¿Estaré hablando con un loco? ¿Qué significa esto? ¿Os atreveríais á burlaros de la reina de Inglaterra? Recordad que en las cámaras reales se han de pesar las palabras, y que hay casos en que la lengua derriba la cabeza.

Gilberto.—Mi cabeza está á vuestra disposición, señora; pero tengo vuestro juramento.

La Reina.—¿Habláis con formalidad? ¡Ese Fabiani, esa Juana... vamos!