Gilberto.—Esa Juana es hija y heredera de Talbot.
La Reina.—¡Bah! ¡visión, quimera, locura! ¿Tenéis las pruebas?
Gilberto.—Completas. (Saca un paquete del pecho.) Dignaos leer esos papeles.
La Reina.—¿Creéis que yo tengo tiempo de leer vuestros papelotes? ¿Os los he pedido yo por ventura? ¿Para qué los quiero yo? Si prueban alguna cosa, á fe mía que los arrojaré al fuego.
Gilberto.—Siempre me quedará vuestro juramento.
La Reina.—¡Mi juramento, mi juramento!
Gilberto.—Sí, señora, por la corona y el Evangelio, es decir, por vuestra cabeza y vuestra alma, por vuestra vida en este mundo y en el otro.
La Reina.—Pero ¿qué quieres? ¡Tú estás verdaderamente loco!
Gilberto.—Voy á deciros lo que quiero. Juana ha perdido su categoría; devolvédsela; proclamadla hija de lord Talbot y esposa de lord Clanbrassil, y tomad después mi vida.
La Reina.—¡Tu vida! ¿Qué haría yo con ella? Sólo podría quererla para vengarme de ese hombre, de Fabiani. Tú no comprendes nada, ni yo te entiendo á ti tampoco. Hablabas de venganza... ¿es así cómo te vengas? Esta gente del pueblo es muy estúpida. ¿Cómo puedo creer yo en la ridícula historia de una heredera de Talbot? ¡Me enseñas los papeles! Ni siquiera los miraré. ¡Ah! Una mujer te vende y te la echas de generoso... Pues yo no lo soy, porque mi corazón rebosa de cólera y de odio; me vengaré, y tú me ayudarás. Pero ¿qué digo? Ese hombre es un loco, y loco rematado. ¿Para qué le necesito yo? ¡Dios mío, qué triste es tener que tratar con semejantes personas en asuntos formales!