Joshua.—Del cadalso que levantan en este momento.
Gilberto.—Y yo te hablo de Juana.
Joshua.—¡De Juana!
Gilberto.—Sí, sólo de Juana, ¿qué me importa lo demás? ¿Has olvidado que desde hace más de un mes, con el rostro pegado á los barrotes de mi ventana, que da á la calle, la veo rondar de continuo, pálida y de luto, al pie de esta torrecilla que nos sirve de calabozo á Fabiani y á mí? ¿No recuerdas ya mis angustias, mis dudas y mis incertidumbres? ¿Por cuál de los dos viene ella? Me dirijo esta pregunta noche y día, y á ti también, Joshua; ayer noche me prometiste hacer lo posible por verla y hablarla. ¿Sabes algo? ¿Sabes si viene por mí ó por Fabiani?
Joshua.—He sabido que Fabiani debía ser decapitado hoy mismo, y mañana tú; y confieso que estoy como loco, amigo mío. El cadalso me ha hecho olvidar á Juana. Tu muerte...
Gilberto.—¡Mi muerte! ¿Qué entiendes tú por esta palabra? Mi muerte es que Juana no me ama ya; desde el día en que ya no fuí amado dejé de vivir; lo que ha sobrevivido en mí no vale ya la pena de que me lo quiten mañana. ¡Oh! tú no puedes imaginarte lo que es un hombre que ama. Si me hubieran dicho hace dos meses que Juana, esa Juana tan pura, mi amor, mi orgullo y mi tesoro, se entregaría á otro, y preguntado si la querría después, hubiera contestado que no, y que preferiría mil veces la muerte para los dos. ¡Pues bien! hoy sí la quisiera; Juana no es ya la mujer sin tacha á quien yo adoraba, y cuya frente apenas me atrevía á tocar con los labios; Juana se ha entregado á otro, á un miserable; ya lo sé; pero yo la amo siempre; besaría sus pies, y la pediría perdón si me quisiera. Aunque la encontrara en la calle con otras de mala nota, me la llevaría á casa para estrecharla contra mi corazón. Joshua, yo daría no cien años de vida, porque sólo me quedan algunas horas; pero sí la eternidad por ver sonreir una sola vez á Juana, una sola vez antes de mi muerte, y porque me dijera esa palabra que pronunciaba en otro tiempo: «¡Yo te amo!» Hete aquí, Joshua, lo que es el corazón de un hombre; no creas que se puede matar á la mujer que se adora; muy por el contrario, se acaba por arrodillarse á sus pies como un esclavo. Á ti te parece que soy débil; pero ¿qué hubiera adelantado yo con matar á Juana? ¡Oh! si ella me amase aún, nada me importaría todo lo que ha hecho; pero ella ama á Fabiani, y por él viene aquí. ¡Quisiera morir pronto, Joshua!
Joshua.—Fabiani será ejecutado hoy.
Gilberto.—Y yo mañana.
Joshua.—Siempre está Dios al fin de todo.
Gilberto.—Hoy quedaré vengado de él; mañana quedará vengado de mí.