Joshua.—Hermano, ahí viene el segundo condestable de la Torre, maese Eneas Dulverton; es preciso entrar; esta noche te veré, amigo mío.
Gilberto.—¡Oh! ¡morir sin ser amado, ni llorado! ¡Juana... Juana... Juana...!
(Entra en su calabozo.)
Joshua.—¡Pobre Gilberto! ¡Dios mío! ¿quién hubiera dicho nunca que debía llegar semejante caso?
(Sale.—Entran Simón Renard y maese Eneas Dulverton.)
ESCENA II
SIMÓN RENARD, MAESE ENEAS DULVERTON
Simón Renard.—Es muy singular, como vos decís; pero ¿qué se le ha de hacer? La reina está loca y no sabe lo que quiere; no se puede confiar en nada, porque es una mujer. ¿Podríais decirme para qué viene aquí? ¡Vamos! el corazón de la mujer es un enigma, que el rey Francisco I descifró en los cristales de Chambord: «Voluble es la mujer, y loco el hombre que en ella fía.» Escuchad, maese Eneas, nosotros somos antiguos amigos, y por lo tanto os diré que es preciso que esto concluya hoy. De vos depende todo aquí; si os encargan... (Le habla al oído.) Alargad el asunto cuanto sea posible, para que el plan aborte después. Sólo puedo disponer de dos horas, y esta noche se ha de hacer lo que yo quiero. Mañana no ha de haber favorito; y como soy poderoso aquí, al día siguiente seréis barón y oficial de la Torre. ¿Está entendido?
Maese Eneas.—Perfectamente.
Simón Renard.—Bien... alguien viene, y no quiero que nos vean juntos; salid por ahí; yo voy á recibir á la reina.