(Sepáranse.)
ESCENA III
UN CARCELERO entra con precaución y después introduce á JUANA
El Carcelero.—Habéis llegado al sitio que deseabais, señora; ahí tenéis las puertas de los dos calabozos; si lo tenéis á bien, dadme mi recompensa.
Juana (se quita su brazalete de diamantes y lo entrega).—Ahí la tenéis.
El Carcelero.—Gracias; no me comprometáis.
(Sale.)
Juana (sola).—¡Dios mío! ¿cómo lo haré? Yo soy quien le ha perdido, y mi deber es salvarle; pero no lo conseguiré, porque nada puede hacer una mujer sola en semejante caso. ¡El cadalso, el cadalso... esto es horrible! ¡Vamos, menos lágrimas y más obras!... Pero ¿cómo he de hacerlo? ¡Compadeceos de mí, Dios mío! Alguien viene... ¿quién habla? Reconozco esa voz; es la de la reina... ¡Ah, todo se ha perdido!
(Se oculta detrás de un pilar.—Entran la reina y Simón Renard.)