LA REINA, SIMÓN RENARD, JUANA, oculta

La Reina.—¡Ah! el cambio os extraña; no me parezco á mí misma. ¡Pues bien! ¿qué me importa? Ahora no quiero ya que muera.

Simón Renard.—Vuestra Majestad ordenó ayer, sin embargo, que la ejecución se efectuase hoy.

La Reina.—También ordené el domingo que se verificara el lunes, y hoy mando que se efectúe mañana.

Simón Renard.—En efecto, desde que la Cámara pronunció la sentencia, hace ya tres semanas, Vuestra Majestad aplaza la ejecución de un día para otro.

La Reina.—¡Pues bien! ¿no comprendéis lo que esto significa, caballero? ¿Será preciso decíroslo todo, y que una débil mujer os abra su corazón, porque la infeliz es reina, y vos representáis aquí al príncipe de España, mi futuro esposo? ¡Dios mío! vosotros no sabéis esto; en las mujeres, el corazón tiene su pudor como el cuerpo; y en fin, puesto que deseáis saberlo, aparentando no comprender nada, os diré que aplazo la ejecución de Fabiani porque todas las mañanas me falta la fuerza al pensar que la campana de la Torre de Londres anunciará la muerte de ese hombre. Desfallezco al reflexionar que se afila el hacha para Fabiani, y que se ha de abrir una tumba para ese hombre; porque soy débil, porque estoy loca y porque le amo... ¿Estáis ya satisfecho? ¿Me comprendéis ahora? ¡Oh! ya encontraré medio de vengarme algún día por lo que me hacéis decir ahora.

Simón Renard.—Sin embargo, ya es tiempo de acabar con ese Fabiani; vais á uniros con mi señor el príncipe de España, señora.

La Reina.—Si el príncipe de España no está conforme, que me lo diga; ya buscaremos otro esposo, pues no faltan pretendientes. El hijo del rey de los romanos, el príncipe del Piamonte, el infante de Portugal, el rey de Dinamarca y lord Courtenay son tan buenos caballeros como él.

Simón Renard.—¡Lord Courtenay!

La Reina.—Un barón inglés es tan noble como un príncipe; y además, lord Courtenay desciende de los emperadores de Oriente.