Simón Renard.—Fabiani se ha hecho aborrecer de todo Londres.
La Reina.—Excepto de mí.
Simón Renard.—Los menestrales piensan como los nobles. Si no se efectúa la ejecución hoy mismo, como lo ha prometido Vuestra Majestad...
La Reina.—¿Qué más?
Simón Renard.—Habrá un motín popular.
La Reina.—Tengo mis lansquenetes.
Simón Renard.—Habrá complot de nobles.
La Reina.—Tengo el verdugo.
Simón Renard.—Vuestra Majestad ha jurado por el devocionario de su madre que no concedería perdón.
La Reina.—He aquí una firma en blanco que me ha remitido, y en la cual juro por mi corona imperial que concederé la gracia pedida. La corona de mi padre vale tanto como el devocionario de mi madre; un juramento anula el otro; y además, ¿quién os dice que le perdonaré?