Simón Renard.—¡Os ha vendido traidoramente!

La Reina.—¿Qué me importa? Todos los hombres hacen otro tanto. Yo no quiero que muera. Escuchad, milord... quiero decir embajador... estoy tan perturbada, que no sé ya á quién hablo. Ya sé todo lo que me vais á decir: que es un hombre vil, un cobarde, un miserable; lo reconozco, y me ruborizo de ello; pero le amo. ¿Qué queréis que haga? Tal vez amaré menos á un hombre honrado. Por otra parte, ¿quién sois vos que os dais tanta importancia? ¿Valéis más que él? Vais á decirme que es un favorito, y que á la nación inglesa no le agrada ninguno; pero ¿no sé yo acaso que trabajáis para derribarle y poner en su lugar al conde de Kildare, ese fatuo irlandés? Aunque haga cortar veinte cabezas diarias, nada tenéis que ver con ello. Y no me habléis más del príncipe de España, pues poco caso hacéis de él. No quiero oir hablar tampoco del descontento del señor de Noailles, el embajador de Francia, porque es un necio, y se lo diré yo misma. Además, yo soy mujer, quiero y no quiero, y me falta algo... necesito la vida de ese hombre para vivir. ¡Vamos! no toméis ese aire de candor virginal y de buena fe, porque harto conozco todas vuestras intrigas. Sabéis tan bien como yo que no ha cometido el crimen por que se le condena. Quedamos convenidos; no quiero que Fabiani muera: ¿soy yo el ama ó no? ¡Vaya, hablemos de otra cosa!

Simón Renard.—Me retiro, señora. Toda la nobleza os ha hablado por mi voz.

La Reina.—¡Qué me importa la nobleza!

Simón Renard (aparte).—Probemos con el pueblo.

(Sale haciendo una profunda reverencia.)

La Reina (sola).—Ha salido con un aire singular. Ese hombre es capaz de promover algún motín. Será preciso que vaya al Ayuntamiento... ¡Hola, aquí alguno!

(Preséntanse maese Eneas y Joshua.)

ESCENA V

Los mismos menos SIMÓN RENARD; MAESE ENEAS, JOSHUA