La Reina.—¿Sois vos, maese Eneas? Es preciso que vos y ese hombre os encarguéis de facilitar la fuga del conde de Clanbrassil.
Maese Eneas.—Señora...
La Reina.—¡Vamos! no quiero fiarme de vos, pues recuerdo que sois uno de sus enemigos. ¡Dios mío! todos cuantos me rodean aborrecen al hombre que amo. Apostaría á que ese llavero, á quien no conozco, le aborrece también.
Joshua.—Es verdad, señora.
La Reina.—¡Dios mío! ese Simón Renard es más rey que yo reina. ¡Cómo! ¿no podré fiarme de nadie aquí? ¿no podré dar á persona alguna plenos poderes para que se encargue de la evasión de Fabiani?
Juana (saliendo de su escondite).—¡Sí, señora, á mí!
Joshua (aparte).—¡Juana!
La Reina.—¡Tú, eres tú, Juana Talbot! ¿Cómo es que te hallas aquí? ¡Ah! es igual; si vienes á salvar á Fabiani, gracias. Debería aborreceros, Juana, y estar celosa de vos, pues tengo mis razones para ello; pero no, os amo porque le amáis. Ante el cadalso no puede haber ya envidia ni celos, y sí sólo amor. Sois como yo; le perdonáis; ya lo veo; los hombres no comprenden eso; pero nosotras nos entenderemos. ¿No es cierto que ambas somos muy desgraciadas? Es preciso conseguir la evasión de Fabiani, y sólo puedo contar con vos; de modo que debo aceptar vuestros servicios, porque lo tomaréis con interés. Encargaos de todo. Vosotros dos, obedeced á Juana Talbot en todo cuanto os ordene, y advertid que me respondéis con vuestras cabezas de la ejecución de sus órdenes. ¡Abrázame, Juana!
Juana.—El Támesis baña el pie de la Torre por aquel lado, y he visto que hay una salida secreta. Si hubiese un barco allí, la evasión se efectuaría por el río; es lo más seguro.
Maese Eneas.—Es imposible conducir hasta ahí un barco en menos de una hora.