Gilberto.—¡Olvidar, perdonar! No hables de eso, Juana. ¡Oh! ¿qué me importa á mí el pasado, ni quién resiste á tu acento? ¡Sí, todo te lo perdono, niña adorada! Los celos y la desesperación han abrasado las lágrimas en mis ojos, pero te perdono y te doy gracias, porque para mí eres la única cosa que brilla en este mundo; cada una de tus palabras amortigua más mi dolor, y la alegría renace en mi alma. ¡Juana, levanta la cabeza y mírame!

Juana.—¡Siempre generoso, amado Gilberto!

Gilberto.—¡Oh! ya quisiera estar fuera, muy lejos de aquí, libre contigo. ¡Cuánto tarda en llegar la noche!... Juana, saldremos sin detenernos de Londres, y después, de Inglaterra: iremos á Venecia, porque los de mi oficio ganan allí mucho dinero... ¡Pero Dios mío, estoy loco... olvidaba el nombre que llevas! ¡Es demasiado noble, Juana!

Juana.—¿Qué quieres decir?

Gilberto.—Eres hija de lord Talbot.

Juana.—Conozco otro nombre más hermoso.

Gilberto.—¿Cuál?

Juana.—Esposa del obrero Gilberto.

Gilberto.—¡Juana!...

Juana.—¡Oh! no creas que yo te pido esto, porque sé muy bien que soy indigna de ti, y no me atreveré á levantar mi vista tan alta, ni abusaré del perdón hasta ese punto. El pobre cincelador Gilberto no se unirá desventajosamente con la Condesa de Waterford; no, yo te seguiré y te amaré, sin abandonarte jamás; durante el día me echaré á tus pies, y por la noche á tu puerta; veré cómo trabajas, te ayudaré y te daré cuanto necesites. Quiero ser para ti, algo menos que una hermana y algo más que un perro fiel; y si te casas, Gilberto, pues Dios permitirá que acabes por encontrar una mujer pura y sin mancha, digna de ti, entonces, si ella es buena, y si quiere, seré la sirvienta de tu esposa; si no le place, iré á morir donde pueda. Sólo en este caso me separaré de ti. Si no te casas, permaneceré á tu lado, mostrándome siempre afable y resignada; y si se piensa mal porque viva contigo, nada me importa. Ya no tengo de qué ruborizarme; soy una pobre joven abandonada.