Juana.—¡Dios mío! ¿qué será?
(Entran precipitadamente por la puerta secreta maese Eneas y un barquero.)
ESCENA VIII
Los mismos, MAESE ENEAS, un barquero
Maese Eneas.—¡Milord Fabiani, no hay que perder un instante! Se ha sabido que la Reina quería salvaros, y el pueblo de Londres se ha sublevado contra vos; dentro de un cuarto de hora os habrían hecho pedazos. Salvaos, Milord; he aquí una capa y un sombrero; tomad las llaves; ese hombre conducirá la barca, y tened presente que á mí es á quien debéis todo esto. Daos prisa. (En voz baja al barquero.) No te apresures.
Juana.—(Cubre la cabeza de Gilberto y le pone la capa.) (En voz baja á Joshua.) ¡Cielos! con tal que ese hombre no reconozca...
Maese Eneas (mirando á Gilberto con fijeza).—¡Cómo! ¡ese no es lord Clanbrassil! No ejecutáis las órdenes de la Reina, señorita; facilitáis la fuga de otro.
Juana.—¡Todo se ha perdido!... ¡Debí preverlo! ¡Por Dios, amigo mío, tened compasión; ya sé que es verdad!...
Maese Eneas (en voz baja á Juana).—¡Silencio! Haced lo que deseáis; yo no he dicho nada ni visto nada.
(Se retira al fondo del teatro con aire indiferente.)