Claudio Frollo.—Arriesgamos la libertad, la vida, todo...

Cuasimodo.—Á todo estoy resuelto.

Claudio Frollo (con impetuosidad).—¡Quiero apoderarme de la gitana!

Cuasimodo.—Podéis disponer de mi sangre, sin decirme el porqué.

(Á una seña de Claudio Frollo se retira hacia el fondo, dejando solo á su amo en el proscenio.)

Claudio Frollo.—¡Oh cielos! ¡Haber sepultado mi inteligencia en los abismos del mal! ¡Haber ensayado todos los criminales artificios de la magia! ¡Haber caído en profundidades más hondas que el mismo infierno! ¡Ser sacerdote! ¡Espiar en las tinieblas de la noche á una mujer! ¡Y pensar que cuando mi alma se halla en semejante situación, está Dios mirándome desde el Empíreo!...

Pero ¡bah! no importa. El destino fatal me empuja con tan ruda mano, que no puedo detenerme en la pendiente. Mi suerte se decide hoy. El sacerdote loco ya no tiene esperanza de salvarse, pero tampoco miedo á la condenación eterna.

¡Demonio que me dominas y á quien evocan mis libros cabalísticos; si me concedes esa mujer, te entrego mi alma! ¡Cobija bajo tus malditas alas al sacerdote infiel! ¡El infierno, con ella, me parecerá un paraíso!

¡Ven, mujer, ven! ¡Te espero! ¡Ya que Dios, cuya mirada penetra constantemente en nuestros corazones, ha tenido el capricho de que elija entre el cielo y el amor, quiero satisfacer éste enseguida!

Cuasimodo (adelantándose).—Señor, se acerca el instante crítico.