Febo.—Sin duda estáis loco.
Claudio Frollo.—Sois hombre muerto.
DÚO
Claudio Frollo.—Tiembla, es una gitana, una de esas mujeres que no tienen ley ni conciencia. El amor sólo las sirve para encubrir su odio, y su cama es un lecho de muerte.
Febo (riendo).—¡Vaya! Disponeos para ir al hospital de los locos y que Júpiter, Esculapio y el Diablo os protejan.
Claudio Frollo.—Esas mujeres son siempre traidoras. Da crédito á la voz pública y ten presente que, si vas á ver á Esmeralda, morirás.
(La insistencia de Claudio Frollo parece hacer mella en el ánimo de Febo, que mira con ansiedad á su interlocutor.)
Febo.—Este hombre me inquieta; á pesar mío siento algún recelo... La verdad es que esta ciudad está llena de traidores...
Claudio Frollo (aparte).—Le asusto, y le hago sospechar á pesar suyo. Este imbécil no ve más que traidores en la ciudad. (Á Febo.) Creedme, caballero, huíd de la sirena que os tiende un lazo. Más de una gitana ha satisfecho su odio á nuestra raza, clavando un puñal en el seno de su amante que palpitaba de amor.
(Febo, á quien quiere arrastrar consigo, se rehace y le rechaza.)