Febo.—¡Oh, adorable mujer! ¡Cuán hermosa eres!

La Esmeralda.—Sois muy adulador... Pero no os acerquéis tanto: estoy avergonzada...

Claudio Frollo.—¡Se aman! ¡Qué envidia les tengo!

La Esmeralda.—Febo, os debo la vida.

Febo.—Y yo á ti la felicidad.

La Esmeralda.—Sed cuerdo... Animadme con una sonrisa... ¿No veis que vuestra mirada me fascina?

Febo.—Reina mía, mi sirena, belleza soberana, tus ojos sí que son deslumbradores.

Claudio Frollo.—¡Qué suplicio es estarles oyendo! ¡Qué amante es ella! ¡Cuán seductor está él!... Reíd, sed felices, mientras yo abro vuestra tumba.

Febo.—Hada ó mujer, quiéreme mucho, pues mi alma sólo en ti piensa día y noche.

La Esmeralda.—Soy mujer, y mi alma, abrasada de amor, suspira por ti noche y día.