ESCENA I
LA ESMERALDA sola, encadenada y echada sobre un montón de paja.—Luego CLAUDIO FROLLO.
La Esmeralda.—¡Dios mío! ¡Febo en la tumba y yo en este abismo! Yo prisionera y él muerto... ¡Muerto, sí! ¡Yo misma le ví caer!... ¡Y se atreven á acusarme de semejante crimen! La implacable guadaña siega todavía tierno el tallo de nuestra existencia. Febo, al irse, me ha enseñado el camino. Ayer abrieron su fosa; mañana abrirán la mía.
ROMANZA
¿Será posible que no haya en la tierra poder alguno que proteja á los amantes? ¿No habrá filtros ni encantos para enjugar las lágrimas de los ojos que lloran y para abrir los que se han cerrado?
¡Oh, Dios! á quien continuamente invoco: quítame la vida ó arranca el amor de mi corazón.
Febo, abramos nuestras alas y marchemos á las eternas esferas donde el amor es inmortal. Así nuestros cuerpos estarán juntos en la tumba y nuestras almas unidas en el cielo.
¡Oh, Dios! á quien continuamente invoco: quítame la vida ó arranca el amor de mi corazón.
(Se abre la puerta; entra Claudio Frollo con una lámpara en la mano y la capucha echada sobre el rostro, y va á colocarse, inmóvil, frente á la Esmeralda.)
La Esmeralda (sobresaltada).—¿Quién sois?