«... No trates de conocerme, Genaro mío, antes del día que yo te señale. Soy muy digna de compasión; estoy rodeada de parientes sin piedad, que te matarían, como mataron á tu padre. El secreto de tu nacimiento, hijo mío, quiero ser yo la única en conocerlo. Si tú lo supieses, es cosa tan triste al par que tan ilustre, que no podrías callarlo; la juventud es confiada; no conoces, como yo, los peligros que te rodean; ¿quién sabe? querrías arrostrarlos por bravata de joven, hablarías ó dejarías que lo adivinasen y no vivirías ya dos días. ¡Oh, no! conténtate con saber que tienes una madre que te adora, y que día y noche vela por tu vida. Genaro mío, hijo mío, tú eres todo lo que amo en la tierra; mi corazón se deshace cuando pienso en ti.»

(Interrúmpese para enjugar una lágrima.)

Genaro.—¡Cuán tiernamente leéis eso! Diríase, no que leéis, sino que estáis hablando.—¡Ah! ¡Lloráis!—Sois buena, señora, y os agradezco que lloréis de lo que me escribe mi madre. (Vuelve á tomar la carta, la besa de nuevo y la vuelve á poner en su pecho.) Sí; ya veis, ha habido muchos crímenes en torno de mi cuna. ¡Pobre madre mía! ¿No es verdad que ya comprendéis ahora que me entretengo poco en galanteos y amoríos porque no tengo más que un pensamiento en el corazón, mi madre? ¡Oh! ¡Librar á mi madre! ¡Servirla, vengarla, consolarla, qué felicidad! Ya pensaré después en el amor. Todo lo que hago, es para hacerme digno de mi madre. Hay muchos aventureros que no son escrupulosos y se batirían por Satanás después de haberse batido por San Miguel; yo, no; no sirvo más que causas justas; quiero poder depositar un día á los pies de mi madre una espada limpia y leal como la de un emperador. Ved, señora; me han ofrecido un ventajoso cargo al servicio de esa infame Lucrecia Borgia y he rehusado.

Lucrecia.—¡Genaro! ¡Genaro! ¡Tened piedad de los malos! No sabéis lo que pasa en su corazón.

Genaro.—No tengo piedad de la que sin piedad se muestra. Pero, dejemos eso, señora, y ahora que os he dicho quién soy, haced vos lo mismo, y decidme á vuestra vez quién sois.

Lucrecia.—Una mujer que os ama, Genaro.

Genaro.—Pero ¿vuestro nombre?...

Lucrecia.—No me preguntéis más.

(Antorchas. Entran con estruendo Jeppo y Maffio. Lucrecia vuelve á ponerse el antifaz precipitadamente.)

ESCENA VI