Gudiel.—Nadie lo sabe aún, señor.
D. Salustio.—No, pero lo sabrán mañana, aunque afortunadamente ya estaremos en camino. No quiero caer; desapareceré. (Se desabrocha violentamente el jubón.) Siempre me oprimes como si fuese una dama, y yo me ahogo, amigo mío. (Se sienta.) ¡Oh! quiero abrir un subterráneo profundo y lóbrego sin que nadie lo eche de ver. ¡Desterrado!
(Se levanta.)
Gudiel.—¿De dónde viene el golpe, señor?
D. Salustio.—De la Reina. ¡Oh! me vengaré, Gudiel. Tú que has sido mi maestro, y que desde hace veinte años me ayudaste y serviste en las cosas pasadas, bien sabes hasta dónde alcanzan mis proyectos en la sombra, así como el hábil arquitecto conoce la profundidad del pozo que socavó. Me marcho; quiero ir á Castilla, á mis dominios, y allí meditaré mis planes. ¡Y todo esto por una muchacha! Ocúpate tú de los preparativos del viaje, porque la cosa urge. Entre tanto, diré dos palabras al individuo que ya sabes, aunque ignoro si me podrá servir. Hasta la noche soy el amo aún, y te aseguro que me vengaré. No sé cómo, pero ha de ser ruidosamente. Vamos, vé á ocuparte de los preparativos, y despacha. Sobre todo, silencio. Tú marcharás conmigo. (Gudiel saluda y sale. D. Salustio llama.) ¡Ruy Blas!
(Ruy Blas se presenta en la puerta del fondo.)
Ruy Blas.—¿Señor?
D. Salustio.—Como ya no he de dormir más en palacio, es preciso dejar las llaves y cerrar los postigos.
Ruy Blas (inclinándose).—Está bien, señor.
D. Salustio.—Escucha: la Reina pasará por la galería cuando se dirija á su cámara después de oir misa, de aquí á dos horas. Es preciso que estés allí, Ruy Blas.