Ruy Blas.—No faltaré, señor.
D. Salustio (en la ventana).—¿Ves aquel hombre que pasa por la plaza y enseña á la guardia un papel? Sin decir palabra hazle señas para que suba por la escalera secreta. (Ruy Blas obedece; D. Salustio sigue mostrándole la puertecilla de la derecha.) Antes de marcharte, mira si se hallan en esa estancia los agentes de policía, y si están despiertos los tres alguaciles de servicio.
Ruy Blas (se dirige á la puerta, la entreabre y vuelve).—Duermen, señor.
D. Salustio.—Habla en voz baja. Te necesitaré; no te alejes mucho, y entre tanto vigila para que no nos molesten los importunos.
(Entra D. César de Bazán: lleva el sombrero abollado, capa andrajosa, que no deja ver de su traje sino las medias desarregladas y los zapatos rotos, y espada de matón. En el momento de entrar, D. César y Ruy Blas se miran y hacen á la vez un ademán de sorpresa.)
D. Salustio (aparte y observándolos).—¡Se han mirado! ¿Si se conocerán?
(Ruy Blas sale.)
ESCENA II
D. SALUSTIO, D. CÉSAR
D. Salustio.—¡Hola! ¿Ya estáis aquí, bandido?