D. César.—Sí, primo; heme aquí.
D. Salustio.—¡Fortuna es ver á semejante truhán!
D. César (saludando).—Me complace...
D. Salustio.—Caballero, conocemos vuestras trapisondas.
D. César (con aire risueño).—¿Y os agradan?
D. Salustio.—Sí, son muy meritorias. La otra noche, la víspera de Pascua, robaron á D. Carlos de Mira; quitáronle su acero, de vaina cincelada, y el coleto; pero como es caballero de Santiago, los ladrones le dejaron la capa.
D. César.—¡Santo cielo! ¿Y por qué?
D. Salustio.—Porque lleva bordada en ella la cruz roja. Pero ¿qué os parece la algarada?
D. César.—¡Ah diablo! Digo que vivimos en un tiempo temible. ¿Qué será de nosotros, Dios mío, si los ladrones se atreven con Santiago y hacen con él de las suyas?
D. Salustio.—¡Entre ellos estabais!