D. César.—¡Pues bien, sí! Con ellos estaba, ya que es preciso hablar; pero yo no toqué á vuestro don Carlos, y sólo dí algunos consejos.
D. Salustio.—Aún hay más. Anoche, en la plaza Mayor, varios hombres de mala traza que salían de un lupanar espantoso, atacaron de improviso á la ronda. También estabais con ellos.
D. César.—Primo mío, siempre tuve á menos atacar á los corchetes. Cierto que estaba allí; pero mientras se distribuían las estocadas, yo componía versos debajo de los arcos. Á decir verdad, se zurraron de lo lindo.
D. Salustio.—No es eso todo.
D. César.—¿Qué más hay?
D. Salustio.—Entre otros actos, se os acusa de haber abierto en Francia, sin llave, con ayuda de vuestros compañeros, las cajas reales.
D. César.—No digo que no. Francia es país enemigo.
D. Salustio.—En Flandes encontrasteis á un tal Pablo Barthelemy, que llegaba de Mons con el producto de los diezmos del clero, y sin reparo alguno osasteis apoderaros de los fondos que conducía.
D. César.—¿En Flandes? Puede ser muy bien, porque he viajado mucho. ¿Es eso todo?
D. Salustio.—Don César, al rostro me sube el rubor de la vergüenza cuando en vos pienso.