D. César.—Bueno, dejadle que suba.
D. Salustio.—Nuestra familia...
D. César.—No hablemos de ella, porque en Madrid sólo vos conocéis mi nombre.
D. Salustio.—Una marquesa me decía hace poco, al salir de la iglesia: «¿Quién es ese bandido que va por allí, mirando á todas partes con aire arrogante, apoyada la mano en la cadera y el ojo avizor? ¿Quién es ese hombre, más andrajoso que Job y más altivo que Braganza, que lleva deshilachados los puños, la capa hecha girones, y en vez de la espada de caballero una tizona de espadachín?»
D. César (dirigiendo una ojeada sobre su traje).—Contestaríais que era el buen Zafari.
D. Salustio.—No; me sonrojé de vergüenza.
D. César.—Pues la dama sonrió. Á mí me gusta mucho hacer reir á las mujeres.
D. Salustio.—No os acompañáis más que con infames espadachines.
D. César.—¡Clérigos y estudiantes, humildes como corderos!
D. Salustio.—Por todas partes se os ve con mujerzuelas.