D. César.—¡Oh! son las diosas del amor, á las cuales rindo culto, y á quienes compongo sonetos por la noche.

D. Salustio.—En fin, ese Matalobos, ese ladrón que está asolando á Madrid á pesar de nuestra policía, es también amigo vuestro.

D. César.—Razonemos, si os place. Sin ese hombre, yo estaría desnudo, lo cual no sería decente, primo mío. Una noche del mes de Diciembre, viéndome en la calle casi sin ropa, se conmovió.—Al duque de Alba, ese fatuo perfumado, le robaron, hace un mes, su hermoso jubón de seda...

D. Salustio.—¿Y qué más?

D. César.—Ahora le llevo yo; Matalobos tuvo á bien dármele.

D. Salustio.—¡El jubón del duque! ¿Y no os avergonzáis?...

D. César.—Nunca me avergonzaré de llevar tan buen jubón, ricamente bordado, que me abriga en invierno y me hermosea en verano. Miradle, está nuevo. (Entreabre su capa y muestra un magnífico justillo de seda de color de rosa bordado de oro.) He hallado en esta prenda un centenar de billetes amorosos dirigidos al duque. Siempre pobre, y con frecuencia enamorado, si en alguna calle entreveo una cocina, de la cual se exhalan aromas suculentos, siéntome cerca, leo las cartitas del duque, y así engaño á la vez el estómago y el amor.

D. Salustio.—¡Don César!...

D. César.—Primo mío, dejaos de reprensiones. Ciertamente soy un gran señor, y deudo vuestro; me llamo don César, conde de Garofa; pero véome reducido á la miseria. Yo era rico; tenía palacios, posesiones y rentas; mas antes de cumplir los veinte años, todo me lo había comido, y de mis cuantiosos bienes, verdaderos ó falsos, sólo me quedaba una legión de acreedores que me acosaban sin cesar. No tenía más remedio que huir y cambiar de nombre; y ahora no soy más que un alegre compañero, llamado Zafari, á quien nadie puede comprometer excepto vos. Vos no me dais un cuarto, ni tampoco os lo pido. Por la noche duermo sobre la dura piedra, á la puerta de un palacio, teniendo por techo la celeste bóveda; y así soy feliz, pues todo el mundo me cree en la India, ó tal vez muerto. En la fuente más próxima apago la sed, y después me paseo con aire arrogante. Mi palacio, donde en otro tiempo voló mi dinero, pertenece ahora al nuncio Espínola; pero no importa. Cuando por casualidad llego hasta allí, doy consejos á los operarios del dueño, que se ocupan en esculpir un Baco sobre la puerta. Ahora ya lo sabéis todo. Prestadme diez escudos.

D. Salustio.—Escuchadme...