D. César (cruzándose de brazos).—Veamos ahora vuestro estilo.
D. Salustio.—Os he hecho venir para seros útil, César. Yo, poderoso y sin hijos, veo con sentimiento que os arrastran al abismo, y quiero libraros de él. Aunque indiferente á todo, sois desgraciado, y por lo mismo me propongo pagar vuestras deudas, devolveros vuestros palacios, introduciros en la corte para que volváis á ser un caballero, embeleso de las damas. Desaparezca para siempre Zafari, y sustitúyale don César. Quiero que de mi caja toméis cuanto os conviniere, sin temor, á manos llenas, sin ocuparos del porvenir. Cuando se tienen parientes, preciso es sostenerlos, César, y mostrarnos compasivos con nuestros deudos...
(Mientras que D. Salustio habla, el rostro de D. César expresa cada vez mayor asombro, alegría y confianza, y al fin no puede reprimirse.)
D. César.—Siempre habéis tenido un talento endiablado, y á fe mía que sois muy elocuente. Continuad.
D. Salustio.—César, no os impongo sino una condición... Voy á explicarme. Por lo pronto tomad mi bolsa.
D. César (cogiendo la bolsa que está llena de oro).—¡Ah! Esto es magnífico.
D. Salustio.—Y además voy á daros quinientos ducados.
D. César (deslumbrado).—¡Marqués...!
D. Salustio.—Desde hoy...
D. César.—¡Pardiez! soy del todo vuestro en cuanto á las condiciones. Mandad; mi espada está á vuestra disposición, y soy vuestro esclavo. Si os place, hasta iré á cruzar el acero con Lucifer, rey de los infiernos.