D. Salustio.—No, no acepto vuestra espada; tengo mis razones para ello.

D. César.—¿Qué deseáis entonces? Apenas tengo nada más que ofrecer.

D. Salustio (acercándose á él y bajando la voz).—Vos conocéis, y en esta ocasión es muy conveniente, á todos los perdidos de Madrid.

D. César.—Me lisonjeáis, primo mío.

D. Salustio.—Siempre os acompaña toda una cuadrilla, y en caso necesario os sería fácil promover un motín. Todo esto podría servirnos.

D. César (soltando la carcajada).—Á fe mía que estáis haciendo un drama. ¿Qué parte me confiaréis en la obra? ¿Será el poema ó la sinfonía? De todos modos mandad; pero mi fuerte es el sainete.

D. Salustio.—Hablo á D. César, y no á Zafari. (Bajando la voz cada vez más.) Escucha. Necesito alguien que trabaje á mi lado en la sombra, á fin de preparar un gran acontecimiento. Yo no soy perverso, pero hay ocasiones en que el más delicado, desvergonzándose al fin, ha de hacer cosas feas. Tú serás rico; para ello sólo te impongo por condición que me ayudes en silencio á tender un lazo, una red oculta, como hacen los cazadores por la noche; pero no para coger una avecilla. Es preciso que por un plan bien combinado y terrible me sea dado vengarme. Pienso que no serás escrupuloso...

D. César.—¿Vengaros?

D. Salustio.—Sí.

D. César.—¿De quién?