D. Salustio.—De una mujer.
D. César (irguiéndose y mirando á D. Salustio con altivez).—¡Alto ahí! no me digáis una palabra más. En este punto, voy á deciros, primo mío, cuál es mi modo de pensar. Todo aquel que vil y traidoramente se venga de una mujer débil cuando tiene derecho á llevar espada y que nacido caballero, obra como alguacil, ese, aunque fuese el rey de Castilla, aunque ciñera cien coronas, aunque se titulase conde y duque ó marqués, y descendiera de la más noble familia, no será para mí más que un vil y cobarde, á quien quisiera ver colgado de una horca en castigo de su felonía.
D. Salustio.—¡César!...
D. César.—No añadáis una palabra; me ultrajáis. (Arroja la bolsa á los pies de D. Salustio.) Guardad vuestro secreto, y con él vuestro dinero. ¡Ah! Comprendo la matanza, el robo y el saqueo; comprendo que en noche oscura se asalte, hacha en mano, algún castillo, y que con cien bandoleros se mate sin compasión; entonces todos hieren y gritan, cual verdaderos bandidos; ojo por ojo, diente por diente, hombres contra hombres. Comprendo todo esto; pero que se atraiga suavemente á una mujer para aniquilarla, tendiendo á sus pies odioso lazo, á fin de abusar tal vez de su honor; apoderarse de una pobre avecilla que canta alegre, valiéndose de un medio infame... ¡Oh! ¡antes que llegar á esta deshonra, antes que ser rico y poderoso á semejante precio, preferiría, y aquí lo digo ante Dios, que ve mi alma, que un perro corroyese mi cráneo clavado en la picota!
D. Salustio.—Primo...
D. César.—De vuestros beneficios no necesito disfrutar mientras que halle agua en las fuentes, espacio libre en los campos, y en la ciudad un ladrón que me vista en invierno. Á fe mía que olvidaré la prosperidad pasada mientras pueda dormir tranquilo á la puerta de vuestros soberbios palacios, sin temor de que me despierten. Adiós, pues; Dios sabe cuál de los dos es el mejor. Con vuestros cortesanos quedad, don Salustio, mientras yo vuelvo con mi canalla, con los lobos, no con las serpientes.
D. Salustio.—Un momento...
D. César.—¡Vamos! abreviemos la entrevista; si tratáis de prenderme, ordenadlo de una vez.
D. Salustio.—Muy bien; creía, César, que estabais más endurecido; la prueba ha sido buena, y favorable para vos. Estoy contento; venga esa mano, os lo ruego.
D. César.—¡Cómo!