D. Salustio.—Todo esto no pasa de una broma. Cuanto he dicho ha sido para probaros, y nada más.
D. César.—Me hacéis soñar despierto. La mujer, esa trama, esa venganza...
D. Salustio.—¡Pura invención, sueños y quimeras!
D. César.—¡Perfectamente! ¿Y el ofrecimiento de pagar mis deudas es quimera también? ¿Es un sueño lo de los quinientos ducados?
D. Salustio.—Voy á buscarlos ahora mismo.
(Se dirige á la puerta del fondo, y hace seña á Ruy Blas para que se quede.)
D. César (aparte, en el proscenio, y mirando á D. Salustio de reojo).—¡Hum! cara de traidor; cuando la boca dice sí, la mirada parece decir: veremos.
D. Salustio (á Ruy Blas).—Permaneced aquí, Ruy Blas. (Á D. César.) Vuelvo al punto.
(Sale por la puertecilla de la izquierda, y apenas desaparece, D. César y Ruy Blas corren el uno hacia el otro.)