D. CÉSAR, RUY BLAS

D. César.—Á fe mía que no me engañaba. ¡Tú aquí, Ruy Blas!

Ruy Blas.—¿Eres tú, Zafari? ¿Qué haces en este palacio?

D. César.—Paso y me voy; así como al ave, agrádame el espacio. ¿Pero y tú, qué significa esa librea, ese disfraz?

Ruy Blas (con amargura).—Más disfrazado estoy de otro modo.

D. César.—¿Qué dices?

Ruy Blas.—Déjame estrecharte la mano como en aquel tiempo feliz de libertad y de miseria en que vivía sin hogar, hambriento de día y yerto de frío por la noche; pero independiente; aquel tiempo en que me conociste, y en que yo era hombre aún. Ambos hijos del pueblo, nos parecíamos tanto que nos tomaban por hermanos; cantábamos al despuntar la aurora, y llegada la noche dormíamos uno junto á otro bajo el estrellado cielo, compartiendo siempre lo que teníamos. Por fin llegó la triste hora de nuestra separación; y al cabo de cuatro años te encuentro otra vez, siempre el mismo, alegre como un muchacho, libre como el gitano; siempre eres ese Zafari, rico en su pobreza, que nada tuvo jamás, ni deseó cosa alguna. Pero yo ¡cuánto he cambiado, hermano! Huérfano, alimentado de ciencia y orgullo en un colegio, en vez de destinarme á simple obrero, hicieron de mí un soñador. Tú ya sabes hasta qué punto llegaban mis aspiraciones de poeta, cuando te burlabas de mis versos insensatos. Tenía yo no sé qué ambición en el alma. ¿Para qué trabajar? Dirigíame hacia un objeto invisible; creíalo todo verdadero, todo posible, y de la suerte lo esperaba todo. Por otra parte, soy de aquellos que pasan sus días pensativos y ociosos, contemplando algún palacio donde rebosan las riquezas, para ver entrar y salir á las elegantes damas. Así me sucedió un día en que, hambriento y moribundo, recogí el pan donde le encontré, en medio del ocio y la ignominia. ¡Oh! cuando yo tenía veinte años confiaba en mi genio, mientras me perdía, recorriendo descalzo los caminos y entregado á mis meditaciones sobre la suerte de los humanos. Había trazado planes sobre todo, una verdadera montaña de proyectos; condolíame la desgracia de España, y, pobre de espíritu, pensé que el mundo necesitaba de mí. Ya ves el resultado, amigo mío: ¡un lacayo!

D. César.—Sí, ya lo sé; el hambre es puerta muy baja, y cuando se ha de pasar por ella, el más grande es aquel que más se encorva; pero la suerte tiene su flujo y reflujo. Espera.

Ruy Blas.—El marqués de Finlas es mi amo.

D. César.—Ya le conozco. ¿Y vives en este palacio?