Ruy Blas.—No, esta mañana pisé el umbral por primera vez.

D. César.—¿De veras? Tu amo, no obstante, debe habitar aquí á causa del cargo que desempeña.

Ruy Blas.—Sí, porque la corte le necesita á cada momento; pero tiene una casa desconocida, donde tal vez no ha entrado nunca en pleno día, aunque sólo dista cien pasos del palacio; es modesta y misteriosa, y en ella vivo yo. Por la puerta secreta, cuya llave sólo tiene mi amo, el marqués entra á veces por la noche seguido de hombres enmascarados que hablan en voz baja y se encierran, sin que nadie sepa lo que allí sucede luego. Por compañeros tengo dos negros mudos que, ignorando mi nombre, tal vez me toman por su amo.

D. César.—Sí; allí recibe sin duda á sus espías, allí es donde tiende sus emboscadas. Es un hombre profundo y poderoso.

Ruy Blas.—Ayer me dijo: «Es preciso que mañana estés en palacio antes de rayar la aurora: entrarás por la verja dorada.» Al llegar me mandó ponerme esta librea, que hoy llevo por primera vez.

D. César (estrechándole la mano).—Espera.

Ruy Blas.—¡Esperar! Tú no sabes aún lo que es para mí llevar este traje que mancha y deshonra. Haber perdido la alegría y el orgullo no es nada, y tampoco importa ser vil y esclavo. Escucha, hermano mío; no siento yo usar esta librea que me infama, porque en el pecho tengo una hidra cuyos dientes de fuego me oprimen el corazón en sus ardientes repliegues. El exterior te atemoriza. ¡Qué dirías si vieses el interior!

D. César.—¿Qué quieres decir?

Ruy Blas.—Inventa, imagina, busca en tu espíritu, supón algo extraño, insensato, inaudito y horrible, una fatalidad que deslumbre; sí, prepara un veneno espantoso, abre un abismo más sordo que la locura, más negro que el crimen; y cuando hayas hecho todo lo que digo, aún no te acercarás á mi secreto. ¿No lo adivinas? ¡Cómo has de adivinarlo! Sondea con la mirada el precipicio á donde el destino me arrastra... Amo á la Reina.

D. César.—¡Cielos!