Ruy Blas.—Bajo un dosel ornado con el globo imperial hay un hombre, unas veces en Aranjuez, y otras en el Escorial, á quien apenas se ve y á quien no se nombra sin terror; un hombre para quien, cual si fuese Dios, todos somos iguales; al que se mira temblando y se sirve de rodillas; que puede hacer caer nuestras cabezas á una simple señal; un hombre cuyos caprichos son un acontecimiento; que vive solo y soberbio, encerrado gravemente en una majestad terrible y profunda, y cuyo poderío se extiende por la mitad del mundo. ¡Pues bien, yo, el lacayo de ese hombre, de ese rey, estoy celoso!

D. César.—¡Celoso del rey!

Ruy Blas.—¡Sí, del rey, puesto que amo á su esposa!

D. César.—¡Desgraciado!

Ruy Blas.—Escucha. Todos los días la espero al paso, y estoy como loco. ¡Oh! la vida de esa mujer es un tejido de enojos; todas las noches pienso en ello. ¡Vivir en esta corte de odios y mentiras, casada con un rey que pasa el tiempo cazando! ¡Imbécil! Viejo ya á los treinta años, ni es hombre ni es rey.—Familia que se extingue: el padre era débil hasta el punto de no poder sostener en la mano un pergamino. ¡Oh! tan bella y tan joven, y haber dado su mano á ese rey Carlos II. ¡Qué lástima! No sé cómo esta locura amorosa ha penetrado en mi corazón; pero juzga tú. La reina ama una flor azul de Alemania; aquí no la hay, y todos los días ando una legua para coger algunas; con las más bonitas formo un ramo, y á media noche me introduzco en los jardines reales como un ladrón y deposito mi ofrenda en el banco donde la soberana suele sentarse. Anoche mismo me atreví, compadécete, hermano, á colocar un billete entre las flores. Para llegar hasta ese banco es preciso franquear el muro, y en su parte superior me hieren las puntas de hierro que se suelen poner en las cercas. Algún día me dejaré allí el corazón y las entrañas. Ignoro si encuentra mis flores y mi carta; pero con todo esto, ya ves que soy un insensato.

D. César.—¡Diablo! tu aventura no deja de ser peligrosa. Ten cuidado, porque el conde de Oñate, que la ama también, la vigila, en calidad de mayordomo y de enamorado. Podría suceder que una noche, algún guarda poco dormilón, te clavase la partesana antes de marchitarse tu ramo. ¡Vaya una ocurrencia, amar á la reina! ¿Cómo diablos has podido llegar á este caso?

Ruy Blas (con arrebato).—¿Lo sé yo por ventura? ¡Oh! daría mi alma al demonio por ser sólo durante una hora uno de esos jóvenes señores que desde la ventana veo en este instante, y que cual viva afrenta para mí, entran luciendo la pluma en el sombrero y altiva la frente. Sí, me condenaría sólo para que me fuese dado arrojar esta librea y poder acercarme á la reina, como ellos, con un traje semejante al suyo. Pero, ¡oh rabia, estar junto á ella y no ser á sus ojos más que un lacayo! ¡Tened compasión de mí, Dios mío! (Acercándose á D. César.) Ahora recuerdo que me preguntabas por qué la amo así y desde cuándo... Cierto día... pero ¿á qué recordarlo? Es verdad; siempre te conocí esa manía de preguntar ¿por qué? ¿cómo? ¿cuándo? Pero la sangre me hierve en las venas, y sólo podría decirte que la amo locamente.

D. César.—Cálmate.

Ruy Blas (cayendo desfallecido y pálido en un sillón).—Sufro mucho, hermano; dispénsame, ó más bien huye de este pobre loco, que con espanto siente bajo su librea de lacayo las pasiones de un rey.

D. César (poniéndole la mano sobre el hombro).—¡Yo huir de ti; yo que no he sufrido porque nunca amé á nadie; yo, pobre cascabel que ya no suena, pobre mendigo del amor, á quien de vez en cuando arroja una limosna el destino; yo, que nada siento ya en el corazón, pareciéndome que el alma se ha retirado de mi cuerpo! ¿Por qué había de huir? Por ese amor que en tus ojos rebosa te envidio, y á la vez te compadezco, Ruy Blas.