(Momento de pausa: con las manos cogidas, los dos se miran con expresión amistosa y de tristeza.—Entra D. Salustio y adelántase con paso lento, fijando una mirada profunda en D. César y Ruy Blas, que no le ven. En una mano lleva un sombrero y una espada, que al entrar deposita en un sofá, y en la otra una bolsa, que pone sobre la mesa.)
D. Salustio (á D. César).—He aquí el dinero.
(Al oir la voz de D. Salustio, Ruy Blas se levanta como sobresaltado, y permanece en pie, con la vista baja, en actitud respetuosa.)
D. César (aparte, mirando á D. Salustio de reojo).—El diablo me lleve si ese tunante no escuchaba á la puerta. ¡Bah! al fin y al cabo, poco importa. (Á D. Salustio en voz alta.) Muchas gracias, primo.
(Abre la bolsa, esparce el contenido en la mesa y revuelve con alegría los ducados, colocándolos en pilas sobre el tapete de terciopelo. Mientras los cuenta, D. Salustio se dirige al fondo del teatro, volviendo la cabeza para ver si llama la atención de D. César; abre la puertecilla de la derecha y á una señal salen tres alguaciles armados con espadas y vestidos de negro. D. Salustio les muestra misteriosamente á D. César. Ruy Blas permanece inmóvil, de pie cerca de la mesa, sin ver ni oir nada.)
D. Salustio (en voz baja á los alguaciles).—Cuando salga de aquí ese hombre que cuenta el dinero, seguidle y apoderaos de él silenciosamente, sin violencia. Después le conduciréis á Denia, y una vez allí, embarcadle. (Les entrega un pergamino sellado.) He aquí la orden escrita de mi puño y letra. Sin prestar oído á sus quejas, le venderéis, una vez en el mar, á los corsarios argelinos. Mil piastras para vosotros si llenáis vuestro cometido pronto y bien.
(Los tres alguaciles se inclinan y salen.)
D. César (acabando de arreglar los ducados).—Nada es tan agradable y divertido como hacer pilas de monedas cuando son nuestras. (Hace dos partes iguales y se vuelve á Ruy Blas.) Hermano, he aquí tu parte.
Ruy Blas.—¡Cómo!
D. César (mostrándole una de las dos pilas de oro).—¡Tómala, vente y sé libre!