D. Salustio.—¡Ruy Blas!
Ruy Blas (volviéndose vivamente).—¿Señor?
D. Salustio.—¿Era ya de día esta mañana cuando llegasteis?
Ruy Blas.—Aún no, señor; dí el pase al portero, y he subido.
D. Salustio.—¿Llevabais capa?
Ruy Blas.—Sí, señor.
D. Salustio.—En ese caso, nadie os habrá visto aún esa librea en palacio.
Ruy Blas.—Ni tampoco en Madrid.
D. Salustio (señalando con el dedo la puerta por donde ha salido D. César).—Está muy bien. Id á cerrar la puerta y quitaos ese traje. (Ruy Blas se despoja de su librea y arrójala en un sillón.) Me parece que tenéis muy buen carácter de letra. Escribid. (Hace seña á Ruy Blas para que se siente á la mesa, donde hay plumas y tinteros. Ruy Blas obedece.) Hoy vais á servirme de secretario. Nada os ocultaré. Por lo pronto un billete de amor para la reina de mi corazón, para doña Elvira, esa sirena que debe haber caído del paraíso. Voy á dictaros. «Un peligro terrible me amenaza en este momento; sólo mi reina puede conjurar la tempestad, viniendo á buscarme esta noche á casa. De lo contrario estoy perdido. Pongo á vuestras plantas mi vida y mi corazón y os beso los pies.» (Riendo.) ¡Un peligro! El recurso es hábil para atraerla á mi casa. ¡Oh! yo soy experto. Á las mujeres les agrada mucho salvar á quien las pierde.—Añadid: «Por la puerta que hay en lo último de la Alameda podréis entrar sin ser reconocida; una persona de confianza os abrirá.» Perfectamente. ¡Ah! firmad.
D. Salustio.—¿Vuestro nombre?