D. Salustio (golpeando en el hombro de Ruy Blas).—¡Hele aquí de vuelta! ¿Recordáis, marqués, qué pródigo era, y cómo despilfarraba sus escudos? Todas las noches en bailes y fiestas; siempre luciendo galas en festines y reuniones; con su fasto y su lujo deslumbraba á Madrid, pero á los tres años se arruinó. Ahora llega de la India.

Ruy Blas.—Señor...

D. Salustio (alegremente).—Llamadme primo, puesto que nos une este parentesco. Los Bazanes somos buenos caballeros. Tenemos por antecesor á don Íñigo de Ibiza; su nieto, Pedro de Bazán, casó con Mariana de Gor, de quien nació Juan, que fué almirante en tiempo del rey D. Felipe; Juan tuvo dos hijos, que en nuestro árbol genealógico han dejado dos blasones. Yo soy el marqués de Finlas, y vos el conde Garofa. Tanto valemos el uno como el otro, César; por parte de las madres, tenemos igual jerarquía, sólo que vos sois de Aragón y yo de Portugal. Vuestra rama no es menos noble que la nuestra; yo soy fruto de la una, y vos, flor de la otra.

Ruy Blas (aparte).—¿Á dónde me llevará?

(Mientras que D. Salustio hablaba, el marqués de Santa Cruz, D. Álvaro de Bazán y Benavides, anciano de bigote blanco, que lleva una gran peluca, se ha aproximado á ellos.)

El marqués de Santa Cruz (á D. Salustio).—Os explicáis con claridad; pero si es primo vuestro también lo es mío.

D. Salustio.—Es verdad, pues tenemos el mismo origen, marqués. (Le presenta á Ruy Blas.) Don César.

El marqués de Santa Cruz.—Imagino que no es el que creían muerto.

D. Salustio.—Sí tal; el mismo.

El marqués de Santa Cruz.—¿Conque ahora ha vuelto?...