D. Salustio (en voz baja).—Tenéis mucha influencia en el Consejo de Castilla, y por lo tanto os le recomiendo. (Sepárase del marqués de Santa Cruz y se dirige á otros señores, á los que presenta á Ruy Blas; entre ellos está el duque de Alba, que luce un traje magnífico. D. Salustio le presenta á Ruy Blas.) Mi primo César, conde de Garofa. (Los nobles cambian graves saludos con Ruy Blas, siempre sobrecogido.) (Al conde de Ribagorza.) Ayer no estabais en el baile de Atalante; Lindamira bailó muy bien. (Se extasía contemplando el jubón del duque de Alba.) Magnífico justillo lleváis, duque.
El duque de Alba.—Otro más hermoso tenía, de seda rosa galoneado de oro, pero ese bribón de Matalobos me le ha robado.
Un hujier de la corte (en el fondo del teatro).—La Reina se aproxima; tomad puesto, señores.
(Las grandes cortinas de la galería de cristales se abren, y los señores se escalonan cerca de la puerta, mientras forman los guardias. Ruy Blas, anhelante y fuera de sí, refúgiase en el proscenio, á donde le sigue D. Salustio.)
D. Salustio (en voz baja á Ruy Blas).—¿Es posible que cuando la fortuna os sonríe, disminuya vuestro espíritu? Volved en vos, Ruy Blas. Yo marcho de Madrid; os dejo mi pequeña casa con los criados mudos; nada quiero guardar sino las llaves secretas; muy pronto recibiréis instrucciones. Haced mi voluntad, y yo me encargaré de vuestra fortuna. Elevaos sin temer nada, pues la ocasión es propicia. La corte es un país donde se anda sin ver claro; pero yo os conduciré; yo me encargo de ver por vos.
(Aparecen otros guardias en el fondo del teatro.)
El hujier (en alta voz).—¡La Reina!
Ruy Blas (aparte).—¡Ah! ¡La Reina!
(La Reina, magníficamente vestida, aparece rodeada de damas y pajes bajo un dosel de terciopelo escarlata, conducido por cuatro gentiles hombres. Ruy Blas, despavorido, parece quedar absorto ante aquella resplandeciente visión. Todos los grandes de España se cubren. D. Salustio se dirige rápidamente hacia el sillón en que se halla su sombrero y se lo lleva á Ruy Blas.)
D. Salustio (á Ruy Blas, poniéndole el sombrero en la cabeza).—¿Qué tenéis, primo? ¡Cubríos; sois grande de España!