ESCENA I
LA REINA, LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE, D. GURITÁN, CASILDA, dueñas
La Reina.—¡Por fin ha marchado! Debería estar tranquila y no lo estoy, porque ese marqués de Finlas me preocupa; estoy segura que me odia.
Casilda.—¿No se le ha desterrado según vuestro deseo?
La Reina.—Ese hombre me aborrece.
Casilda.—Vuestra Majestad...
La Reina.—Te aseguro, Casilda, que ese marqués es para mí como el ángel malo. La víspera del día en que debía marchar, se presentó como de costumbre durante el besamanos. Todos los nobles se adelantaban en fila hacia el trono para cumplir con la etiqueta; mientras que yo, triste y tranquila, miraba vagamente la pared que en el salón oscuro representa una gran batalla. De repente, al fijar mi vista en la mesa, divisé á ese hombre temible, que se adelantaba hacia mí, y desde aquel momento, sólo él me llamó la atención. Adelantábase lentamente, con la mano apoyada en la daga, de la cual veía á intervalos la brillante hoja; estaba grave, y su mirada de fuego me imponía; se inclinó y sentí sobre mi mano su boca de serpiente.
Casilda.—Cumplía con su deber de caballero.
La Reina.—Sus labios no eran como los demás. No he vuelto á verle, pero desde ese día pienso en él á menudo, aunque otras cosas me preocupan. Paréceme que el infierno está en el alma de ese hombre, ante el cual no soy más que una mujer, y no una reina. En mis sueños encuentro en mi camino á ese demonio, que me besa la mano; y veo brillar el odio en sus miradas, que como un veneno mortal hielan la sangre en mis venas, haciéndome estremecer. ¿Qué dices á esto?
Casilda.—¡Puras visiones, señora!