La Reina.—Á decir verdad, otros cuidados tengo más serios. (Aparte.) ¡Oh! lo que más me atormenta debo ocultar. (Á Casilda.) Dime ¿qué hay de esos mendigos, que no osaban acercarse?...

Casilda (dirigiéndose á la ventana).—Aún están ahí, señora.

La Reina.—Toma, échales mi bolsa...

(Casilda toma la bolsa y arrójala por la ventana.)

Casilda.—¡Oh! señora, vos que hacéis tantas limosnas con tal bondad, ¿no haréis ninguna al conde de Oñate, aunque sólo sea diciéndole una palabra? (Mostrando á la Reina á D. Guritán, que de pie y silencioso en el fondo de la cámara, fija en aquella miradas de muda adoración.) Es un pobre viejo enamorado, que tiene la piel tan dura como tierno el corazón.

La Reina.—Ese hombre me molesta.

Casilda.—Convengo en ello; pero decidle algo.

La Reina (volviéndose á D. Guritán).—Buenos días, conde.

(D. Guritán se aproxima, haciendo tres reverencias, y suspirando besa la mano de la Reina, que se muestra indiferente y distraída. Después vuelve á su sitio.)

D. Guritán (retirándose, en voz baja á Casilda).—La Reina está encantadora hoy.