Casilda (mirándole cuando se aleja).—¡Pobre ganso! Permanece inmóvil junto al agua que le tienta, y si después de esperar todo un día se le dirige una palabra, con frecuencia una frase indiferente, retírase contento y satisfecho.
La Reina (con triste sonrisa).—¡Cállate!
Casilda.—Para ser feliz le basta veros; para él es toda una dicha ver á la Reina. (Extasiándose al divisar una caja colocada sobre un velador.)—¡Oh! ¡qué caja tan preciosa!
La Reina.—Aquí tienes la llave.
Casilda.—Esta madera de sándalo es exquisita.
La Reina (presentándole la llave).—Ábrela y mira. Son reliquias que me propongo enviar á mi padre, porque sé que le agradarán mucho. (Queda meditabunda un momento, y después interrumpe vivamente sus impresiones. Aparte.) Quisiera desechar de mi mente lo que pienso. (Á Casilda.) Vé á buscar un libro en mi cámara... ¡Estoy loca! no hay uno solo alemán; todos son españoles. Y el rey, de caza, siempre ausente. ¡Ah! ¡qué aburrimiento! En seis meses he pasado sólo doce días junto á él.
Casilda.—¡Casarse con un rey para vivir así!
(La Reina se entrega otra vez á su meditación, arrancándose al fin de ella como por un esfuerzo.)
La Reina.—¡Quiero salir!
(Al oir estas palabras, pronunciadas imperiosamente, la duquesa de Alburquerque, que hasta entonces ha permanecido inmóvil en su sillón, levanta la cabeza, se pone después en pie y hace una profunda cortesía á la Reina.)