La duquesa de Alburquerque (con voz breve y dura).—Para que la Reina salga es preciso, según el ceremonial, que un grande de España, aquel á quien se concede este derecho, abra todas las puertas; y ahora no hay tal vez ninguno en el alcázar.

La Reina.—¡Pero esto es encerrarme! ¿Quieren matarme, Duquesa?

La Duquesa (haciendo otra reverencia).—Soy camarista mayor, y cumplo con mi deber.

(Vuelve á sentarse.)

La Reina (Ocultando la cabeza entre sus manos, con desesperación.—Aparte.)—¿Será preciso volver á mis meditaciones? ¡No! (En voz alta.) ¡Pronto, traed aquí las cartas para jugar al sacanete, y vengan todas mis damas!

La Duquesa (á las dueñas).—No os mováis, señoras. (Levantándose y saludando de nuevo á la Reina.) Según antiguo uso, Vuestra Majestad no puede jugar sino con reyes, ó deudos del soberano.

La Reina (con enojo).—¡Pues bien, haced que vengan!

Casilda (aparte, mirando á la Duquesa).—¡Ah! ¡dueña gruñona!

La Duquesa (persignándose).—Dios no se los ha concedido, señora, al soberano que gobierna. La reina madre ha muerto, y ahora está solo.

La Reina.—¡Pues que me sirvan una colación!