Casilda.—¡Qué divertido es esto!
La Reina.—Casilda, te invito.
Casilda (aparte, mirando á la camarista).—¡Oh, respetable abuela!
La Duquesa (haciendo una reverencia).—Cuando el rey no está aquí, la reina come sola.
(Vuelve á sentarse.)
La Reina (exasperada).—¡Dios mío! ¿Qué podré hacer que permitido sea? Ni salir, ni jugar, ni comer cuando se me antoja. Desde hace un año que soy reina, me estoy muriendo.
Casilda (aparte, mirándola con aire compasivo).—¡Pobre mujer, condenada á pasar todos sus días presa del tedio, en esta corte insípida, sin más distracción que la de contemplar el agua estancada en un pantano, (Mirando á D. Guritán, siempre inmóvil y de pie en el fondo de la cámara.) y á un viejo enamorado, que sueña despierto!
La Reina (á Casilda).—¿Qué hacer? Veamos, busca una idea.
Casilda.—En ausencia del rey, vos sois quien gobierna: procurad distraeros, llamando á los ministros.
La Reina (encogiéndose de hombros).—¡Vaya un recreo! ¡Ver ocho hombros de semblante siniestro, que me hablen de Francia y de su rey caduco, de Roma y del retrato del archiduque, á quien pasean por Burgos bajo un dosel de paño de oro, conducido por cuatro alcaldes! Busca otra cosa.