La Duquesa (á las dueñas).—¡Haced que se alejen esas mujeres, que importunan á la Reina!

La Reina (vivamente).—¡Cómo, si apenas se las oye! Dejadlas pasar en paz, señora. (Á Casilda, mostrándole una ventana en el fondo.) Por ahí no es el bosque tan espeso, y esa ventana da al campo; ven, vamos á verlas.

(Se dirige hacia la ventana con Casilda.)

La Duquesa (levantándose y haciendo una reverencia).—La Reina de España no debe asomarse á la ventana.

La Reina (deteniéndose y retrocediendo).—¡Vamos, el hermoso sol poniente que ilumina los valles, las frescas brisas de la tarde, las lejanas canciones que todos oyen, no existen para mí! Retirada estoy del mundo; ni aun puedo ver la naturaleza de Dios, ni la libertad de que los otros disfrutan.

La Duquesa (haciendo una señal á las dueñas para que salgan).—Salid, señoras, hoy es día de rezo.

(Casilda da algunos pasos hacia la puerta; la Reina la detiene.)

La Reina.—¿Me abandonas?

Casilda (mostrando á la Duquesa).—La señora ordena que salgamos.

La Duquesa (saludando á la Reina profundamente).—Es preciso dejar á la Reina sola para que se entregue á sus devotas prácticas.