ESCENA II
LA REINA, sola
¡Á mis prácticas devotas! Dí más bien á mis reflexiones. ¿Cómo huir de ellas, estando sola? ¡Todos me han dejado, pobre espíritu sin luz, en un camino oscuro! (Meditando.) ¡Ah, esa mano sangrienta impresa en la pared! Sin duda estará herido, pero suya es la culpa. ¿Por qué empeñarse en franquear ese muro tan alto, sólo para traerme las flores que aquí me rehusan? ¡Aventurarse así por tan poca cosa! Tal vez se haya herido con las puntas de hierro, porque de ellas pendía un pedazo de encaje. Una gota de esa sangre vertida vale tanto como todas mis lágrimas. (Abismándose más en su meditación.) Cada vez que á ese banco voy á buscar las flores, prometo á Dios no volver nunca más, y sin embargo, siempre vuelvo. Pero ¿y él? Tres días hace que no he vuelto á verle. ¡Herido! ¡Quien quiera que seas, joven generoso, tú que al verme sola, lejos de los que me aman, sin pedir ni esperar nada vienes á mí arrostrando los peligros; tú que viertes tu sangre y te arriesgas diariamente para dar una flor á la Reina; quien quiera que seas, amigo cuya sombra me acompaña, desde el fondo del alma te bendigo, y bendígate también tu madre! (Llevándose vivamente la mano al corazón.) ¡Oh! su carta me quema. (Recayendo en sus reflexiones.) ¡Y el otro, el implacable don Salustio! Un ángel y un espectro me siguen, y sin verlos, siéntolos á los dos agitarse en mis ensueños. Un hombre que me odia junto á otro que me ama me conducirán tal vez á algún supremo instante. ¿Me librará el uno del otro? No lo sé. ¡Ay! el destino flota para mí con dos vientos opuestos. ¡Qué débil es una reina, y qué poca cosa significa! Oremos. (Se arrodilla ante la imagen de la Virgen.) ¡Amparadme, señora, pues no me atrevo á elevar la mirada hasta vos! (Se interrumpe.) ¡Oh Dios mío! el encaje, la carta, la flor; todo es fuego. (Saca del seno una carta arrugada, un ramo pequeño de florecillas azules y un pedazo de encaje teñido en sangre; arroja estos objetos sobre la mesa y se arrodilla de nuevo.) ¡Virgen santa, esperanza de los mártires, auxiliadme en este trance! (Interrumpiéndose.) ¡Esa carta!... (Se vuelve hacia la mesa.) Me atrae... (Arrodillándose de nuevo.) ¡No quiero leerla! ¡Oh virgen de dulzura, arrodillada á tus plantas imploro tu protección! (Se levanta, da algunos pasos hacia la mesa, detiénese, y al fin precipítase sobre la carta, como cediendo á una irresistible atracción.) Sí, quiero volver á leerla por última vez; después la rasgaré. (Con triste sonrisa.) ¡Ay de mí! Un mes hace que digo siempre lo mismo. (Desdobla la carta resueltamente y lee.) «Señora, á vuestros pies, en la sombra, hay un hombre que os ama, perdido en la noche que le oculta; que sufre, vil gusano enamorado de una estrella; que por vos diera su alma, y que muere aquí bajo mientras brilláis en las alturas.» (Deja la carta sobre la mesa.) Cuando el alma está sedienta, ha de beber, aunque sea veneno. (Vuelve á guardar en su seno la carta y el encaje.) Nadie me ama en la tierra; pero á alguno debo amar. ¡Oh! si el rey hubiese querido, á él hubiera amado; pero me deja así, completamente sola, sin amor...
(Ábrese la puerta grande y entra un hujier de gala.)
El hujier (en alta voz).—¡Carta del rey!
La Reina (vuelve en sí como sobresaltada, dejando escapar un grito de alegría).—¡Del rey; me he salvado!
ESCENA III
LA REINA, LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE, CASILDA, D. GURITÁN, damas de la Reina, pajes, RUY BLAS
(Todos entran gravemente, la Duquesa primero, seguida de las damas. Ruy Blas, magníficamente vestido, permanece en el fondo del teatro; su ferreruelo oculta el brazo izquierdo. Dos pajes llevan en un cojín de paño de oro la carta del rey, y arrodíllanse ante la Reina, á pocos pasos de distancia.)
Ruy Blas (en el fondo del teatro, aparte).—¿Dónde estoy? ¡Qué hermosa es! ¿Por qué estaré aquí?