Casilda (mirándola salir).—La Reina tiene algún pensamiento fijo.
(Sale por la misma puerta que la Reina, llevándose la cajita de reliquias.)
Ruy Blas (Solo. Parece escuchar aún algún tiempo con profunda alegría las últimas palabras de la Reina, como presa de un sueño. El pedazo de encaje que la Reina ha dejado caer, en su turbación, está sobre la alfombra; lo recoge, mírale con amor y lo cubre de besos, levantando después los ojos al cielo.)—¡Oh Dios mío, gracias! Yo me vuelvo loco. (Mirando el pedazo de encaje.) ¡Lo tenía junto al corazón!
(Lo oculta en el pecho. Entra el conde de Oñate, volviendo de la puerta de la cámara á donde ha seguido á la Reina; adelántase lentamente hacia Ruy Blas; llegado cerca de él, sin decir palabra, desenvaina á medias el acero, y por su mirada parece medirle con el de Ruy Blas. No son iguales, y vuelve á envainar. Ruy Blas le mira con asombro.)
ESCENA IV
RUY BLAS, EL CONDE DE OÑATE
El Conde (envainando su espada).—Llevaré dos de igual longitud.
Ruy Blas.—Caballero, ¿qué significa?...
El Conde (con gravedad).—En el año 1650, hallándome en Alicante, estaba yo enamorado. Un joven hermoso como un Adonis, miraba con descaro á la dama de mis pensamientos, pasando á menudo por debajo de su balcón con aire conquistador. Llamábase Vázquez; era caballero, aunque bastardo, y en un duelo le maté... (Ruy Blas quiere interrumpirle, pero el conde le detiene con un ademán, y continúa.) Más tarde, hacia el año 66, Gil, conde de Íscola, opulento caballero, envió á casa de mi dama un billete de amor por medio de un esclavo. Mandé matar á este último y yo despaché al amo...
Ruy Blas.—¡Caballero!