El Conde (continuando).—Algún tiempo después, por el año 80, sospeché que mi amada me engañaba, prefiriendo á un tal Tirso Gamonal, uno de esos gallardos jóvenes que llaman la atención por su gracia y altivez. Provoqué á don Tirso y también le dí muerte...
Ruy Blas.—Pero, en fin, ¿qué quiere decir eso, caballero?
El Conde.—Eso quiere decir, conde, que del pozo sale agua cuando la sacan; que á las cuatro de la mañana despunta el día; que hay un sitio desierto muy propio para los lances de honor, detrás de la capilla; que os llamáis César de Bazán, y yo Guritán de Torres y Guevara, conde de Oñate.
Ruy Blas (fríamente).—Está bien, caballero, no faltaré.
(Desde hace algunos instantes, Casilda ha estado escuchando con curiosidad, en la puertecilla del fondo, las últimas palabras de los dos interlocutores, sin ser vista de ellos.)
Casilda (aparte).—¡Un duelo! Advertiré á la Reina.
(Desaparece por la puertecilla.)
El Conde (siempre imperturbable).—Por si os place conocer algo mi modo de pensar, os diré, para vuestra inteligencia, que nunca me gustaron esos jóvenes almibarados, de mostacho retorcido, en quienes se fija la atención de las bellas, que les dirigen miradas de amor y que saben tomar las más graciosas posturas; pero que se desmayan si reciben algún rasguño.
Ruy Blas.—No comprendo...
El Conde.—Comprenderéis muy bien. Los dos adoramos el mismo ídolo, y de consiguiente, uno de nosotros sobra en palacio. Vos sois escudero y yo mayordomo, y en este sentido tenemos derechos iguales; pero por lo demás la partida es desigual. Si á mí me asiste el derecho del más antiguo, vos tenéis el del más joven, y por eso me dais miedo. Veros junto á mí con vuestras pretensiones y vuestro aire conquistador es cosa que me molesta mucho. En cuanto á luchar con vos en el terreno del amor, locura fuera intentarlo, porque la gota y otros achaques me impedirían acometer la empresa de disputar el corazón de una Penélope á un joven tan propenso á los desmayos. Sois muy bello, cariñoso, tierno é interesante, y por todas estas razones me veo en la precisión de mataros.