Ruy Blas.—Tratad de hacerlo.

El Conde.—Conde de Garofa, mañana á la hora de despuntar el alba os esperaré en el sitio indicado, sin testigos ni lacayos; allí nos batiremos con espada y daga, si os place, como cumplidos caballeros y cual conviene á nuestra categoría.

(Presenta la mano á Ruy Blas que la estrecha.)

Ruy Blas.—Ni una palabra de esto. ¿No es así? (El Conde hace una señal afirmativa.) Pues hasta mañana.

(Ruy Blas sale.)

El Conde (solo).—No, su mano no ha temblado en la mía, aunque debe estar seguro de morir. Es un valeroso joven. (Ruido de una llave en la puertecilla de la cámara de la Reina; el conde de Oñate vuelve la cabeza.) ¡Abren la puerta!

(La Reina se presenta y adelántase vivamente hacia el conde, sorprendido y contento á la vez; lleva entre las manos la cajita.)

ESCENA V

EL CONDE, LA REINA

La Reina (con una sonrisa).—Conde, os buscaba.