El Conde (muy satisfecho).—¿Á qué debo tanta dicha?
La Reina (colocando la cajita sobre el velador).—¡Oh! no es nada, ó por lo menos muy poco, caballero. (Se sonríe.) Hace poco Casilda me decía entre otras cosas—ya sabéis que las mujeres son muy locas—decíame que haríais por mí cuanto yo quisiera.
El Conde.—Tiene razón.
La Reina (riendo).—Á fe mía, he sostenido lo contrario.
El Conde.—Habéis hecho mal, señora.
La Reina.—Casilda me aseguraba que daríais por mí vuestra alma, vuestra vida...
El Conde.—Casilda decía muy bien.
La Reina.—Pues yo he contestado que no.
El Conde.—Y yo digo que sí; por Vuestra Majestad estoy dispuesto á todo.
La Reina.—¿Á todo?