D. César (aparte).—Ya se sabe: á principio devoto, amoroso final. (Alto.) Amén. Buenos días.

La dueña.—Dios os tenga en su santa guarda. (Con misterio.) ¿Habéis dado á quien me envía á vos una cita reservada para esta noche?

D. César.—Soy capaz de eso y de mucho más.

La dueña (sacando de su guarda-infante una esquela cerrada que presenta á D. César, pero sin entregársela).—Entonces, señor discreto, vos sois quien habéis dirigido esta carta á alguien que os ama y á quien conocéis perfectamente.

D. César.—Sin duda debo ser yo.

La dueña.—Está bien. La dama, casada probablemente con algún viejo celoso, tiene que guardar ciertos miramientos, pues ha encargado que me enterase bien antes de... Yo no la conozco, pero vos sí... La criada me ha dicho lo que había de hacer... y por consiguiente no es preciso saber los nombres...

D. César.—Excepto el mío, según parece.

La dueña.—¡Oh! La cosa es clara. Una dama recibe una cita de su amante, pero teme caer en algún lazo, y como las precauciones nunca están de más... En suma, me envían aquí para recibir de vuestra boca la confirmación.

D. César (aparte).—¡Oh, qué vieja más cargante! ¡Cuánta broza rodea á ese dulce billete!... (Alto.) Ya te he dicho que yo soy don César.

La dueña (colocando sobre la mesa un billete cerrado que D. César mira con curiosidad).—Entonces debéis escribir al dorso de esta carta una sola palabra: Venid, pero no de vuestra mano, pues eso sería comprometido.