D. César.—Es claro, si fuese de mi mano... (Aparte.) He aquí un encargo bien dado.
(Extiende la mano para apoderarse de la carta, pero la dueña se lo impide.)
La dueña.—No la abráis; sin duda debéis reconocer el pliego.
D. César.—Sí que lo conozco. (Aparte.) ¡Y yo que ardía en deseos de saber lo que dice!... En fin sigamos la comedia. (Toca la campanilla y entra uno de los negros.) ¿Sabes escribir? (El negro mueve la cabeza afirmativamente. D. César se admira y dice aparte:) ¡Habla por señas! (Alto.) ¿Eres mudo? (El negro hace otra señal afirmativa que asombra nuevamente á D. César. Aparte:) ¡Muy bien! Ya tengo que habérmelas con un mudo. (Señala al negro la carta que la dueña tiene sujeta sobre la mesa.) Escribe ahí: Venid. (El mudo escribe. D. César hace señas al negro para que se vaya y á la dueña para que recoja la carta. Sale el mudo. Aparte:) No se puede negar que es obediente.
La dueña (comenzando á guardar el billete y acercándose á D. César).—Esta noche la veréis... Debe ser muy hermosa.
D. César.—Encantadora.
La dueña.—Yo sólo puedo decir que la criada es lindísima. Cuando me llamó aparte en medio del sermón quedé admirada: tiene un perfil de ángel y unos ojos de demonio... Y además parece muy experta en asuntos amorosos.
D. César (aparte).—Pues me contentaría con la criada.
La dueña.—Esto es ya para formar juicio, pues siempre lo bello aborrece lo feo, y por la esclava se puede conocer lo que será la sultana, así como por el criado lo que es el amo. Seguramente la mujer que esperáis es hermosísima.
D. César.—Estoy orgulloso de ello.