La dueña (haciendo una reverencia y en ademán de retirarse).—Bésoos la mano.
D. César (dándole un puñado de monedas).—Y yo te lleno la pata. Toma, estantigua.
La dueña (guardándose el dinero).—¡Qué alegre es la juventud del día!
D. César (despidiéndola).—Véte.
La dueña (repitiendo las reverencias).—Si me necesitáis alguna vez, me llamo la señora Oliva, y en el convento de San Isidro... (Sale, y vuelve á abrir la puerta.) Estoy siempre sentada á la derecha, entrando en la iglesia, junto al tercer pilar. (D. César se vuelve hacia ella con impaciencia. Ciérrase la puerta, se vuelve á abrir y reaparece la dueña.) ¡Vais á verla esta noche!... Acordaos de mí en vuestras oraciones.
D. César (despidiéndola colérico).—¡Véte! (La dueña se va y la puerta vuelve á cerrarse.—Solo:) Ya estoy resuelto á no admirarme de nada. Sin duda vivo en la Luna. Y lo cierto es que no puedo quejarme de mi suerte: después de haber satisfecho el hambre, voy á contentar mi corazón... Todo esto es muy hermoso. Ya veremos el final.
(Vuelve á abrirse la puerta del fondo y aparece D. Guritán con dos largas espadas desnudas debajo del brazo.)
ESCENA V
D. CÉSAR, D. GURITÁN
D. Guritán (desde el fondo del teatro).—¡Don César de Bazán!