D. César (se vuelve y ve á D. Guritán con las dos espadas).—¡Al fin; qué suerte! ¡Buena es la aventura y ahora se completa! ¡Comida excelente, dinero, una cita de amor y un desafío! Vuelvo á ser don César. (Acércase alegremente á D. Guritán, haciendo muchos saludos, y fija en él una mirada inquieta, adelantándose con lento paso hasta el proscenio.) Aquí es, caballero; podéis entrar y tomar asiento, cual si estuviérais en vuestra casa. Me alegro mucho veros. Hablemos un rato. ¿Qué se dice en Madrid? ¡Oh! es una residencia deliciosa. Yo no sé lo que allí pasa; pero imagínome que se admira siempre á Matalobos y á Lindamira. En cuanto á mí, temería más que al ladrón de dinero á la que roba los corazones. ¡Oh! las mujeres son endiabladas; pero yo me vuelvo loco por ellas. ¡Vamos, decidme algo!, porque yo soy un ente inverosímil, absurdo, un muerto que resucita, un hidalgo que llega de los más extravagantes países.
D. Guritán.—Pues yo llego desde más lejos, amigo mío.
D. César (con expresión alegre).—¿De qué ilustre playa?
D. Guritán.—De allá del Norte.
D. César.—Y yo del Sur.
D. Guritán.—¡Estoy furioso!
D. César.—Y yo rabio.
D. Guritán.—¡He andado seiscientas leguas!
D. César.—¡Y yo dos mil! He visto mujeres amarillas, azules, negras y verdes; he visto tierras bendecidas del cielo; Argel, la ciudad feliz, y la agradable Túnez. ¡Oh! allí hay muchos turcos, de extraños modales, y muchas personas colgadas de las puertas.
D. Guritán.—¡Á mí me han burlado, caballero!